90 días

90 DÍAS es el tiempo permitido para quedarse en EE.UU. con un visado de turista ESTA. El día 12 de marzo, un par de días antes del estado de alarma en España, viajé a Utah para estar con mi pareja, que vive allí. Tenía previsto quedarme tan solo unas semanas. En lugar de eso, me vi forzada a quedarme allí hasta que se volvieron a abrir las fronteras en Europa. Fueron, exactamente, 90 días.

Esta serie no versa sobre la pandemia, sino sobre cómo escapé de ella mientras visitaba el desierto. No nos confinaron, tan sólo nos pidieron distancia social. ¿Qué mayor distancia que acampar en el desierto? Así que, armada de mi cámara y muchos carretes, fui descubriendo los paisajes, que a mí se me antojaron de ciencia ficción, de ese desértico estado.

Esta es, sin duda, la serie más personal que he realizado hasta la fecha. En ella vuelvo a ver mi angustia al leer noticias provenientes de España, la frustración de mis amigos, la incomprensión de otros que me conminaban a quedarme encerrada en casa, la preocupación por mi madre y mi padre, la incertidumbre acerca de mi futuro laboral, pero también la felicidad de pasar cada día con mi pareja (y no sólo unas cortas vacaciones de vez en cuando), el aprendizaje de una manera nueva de viajar para mí (acostumbrada a barcos y aviones), la satisfacción de disponer de tiempo para tomar fotografías y, sobretodo, la fascinación por todo este terreno prácticamente virgen y de difícil acceso que tuve la fortuna de explorar.

Esta es, sin duda, la serie más personal que he realizado hasta la fecha.

90 DÍAS es el resultado de mi idilio con el desierto en el medio de los Estados Unidos. Desde monolitos que parecen ubicados en algún planeta ignoto, hasta un horno acribillado a balazos en el medio de una salina, pasando por los tan manidos estepicursores, dueños de una riqueza de tonos que me era desconocida hasta ahora.

El desierto significa para mí la soledad y la distancia, la supervivencia y la tenacidad, y el abandono por parte del ser humano. Diminutas flores se abren paso a través de un terreno aparentemente yermo, cubriendo las huellas de algún vehículo, la basura que allí han dejado los humanos se mimetiza con el entorno, una estación eléctrica solar perece abandonada a su suerte y uno no sabe si son molinos o gigantes.

Algo que se me antojaba tan inmutable resulta ser maleable y cambiante. En cuestión de diez días, una fachada de piedra puede haberse desfigurado por la caída de una de sus esquinas. Plantas que parecen venidas de otro planeta crecen por millares y parecen la visita de un pequeño ejército de alienígenas.

Estas fotografías fueron tomadas con una cámara analógica. Usé la misma cámara para todas, una Hasselblad 500 C/M, las revelé cuando pude volver a casa, aprovechando mis quince días de cuarentena obligatoria a mi llegada para revelar los carretes en casa. El escaneo de los negativos también lo realicé yo.

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