El Desierto del Negev

Por circunstancias de la vida, a principios del 2020, tenía unas reuniones en Eilat, esa pequeña localidad turística situada al sur de Israel y al norte del mar Rojo, desde la cual se pueden ver cuatro países distintos, Jordania, Egipto, Arabia Saudí e Israel, por supuesto. La primera vez que visité la zona me llevé una pequeña cámara con carretes en blanco y negro, quería explorar un poco la zona. Las reuniones me llevaron mucho tiempo y tomé fotos de un cariz muy diferente a las que aquí presento.

Esta vez se trataba de mi segundo viaje a la zona, mi actividad laboral me llevó mucho tiempo durante el día, así que tuve que estirar el tiempo y explorar la zona de madrugada y al atardecer. Esta vez alquilé un coche pequeñito, un utilitario definitivamente poco preparado para adentrarse en el desierto… pero a una inconsciente como yo ese pequeño detalle no le frena. Así que, sin contar con que dejé colgado el coche sobre una roca y que milagrosamente salí de un banco de arena (todavía no me explico cómo logré tal hazaña), mi personal descubrimiento de este desierto fue casi una epifanía.

Mejor preparada, esta segunda vez viajé con mi Hasselblad y dos objetivos, un 80mm y un 40mm. Este último presentó un problema grave en el control del aeropuerto pues los guardias nunca habían visto uno igual. La inspeccionaron por encima, por debajo, por detrás, por delante, con tapa, sin tapa, y todo esto mientras la sujetaban con dos dedos (la lente pesa más de un kilo) a un metro y medio del suelo y mi corazón estaba recogidito en mi puño y mi puño entre mis dientes al tiempo que intentaba no poner caras que molestaran a dichos guardias. Finalmente dejaron mi lente en paz y yo pude hacer las fotos que quise.

Eilat es una zona turística de sol y playa, el turista se desplaza hasta allí para disfrutar de las agradables temperaturas durante el invierno y del mar cuyo fondo alberga impresionantes especímenes de coral. El frente marítimo está cuajado de hoteles, restaurantes y tiendas de suvenires. Nada de ello llama mi atención. En cambio, el vasto paisaje vacío que vislumbré desde el avión me atrajo hasta el punto de privarme de sueño para poder visitarlo (algunas zonas hasta tres veces) para captar las sutilezas del color y la textura.

Mi forma de observar la belleza que se despliega ante los ojos que quieren ver.

El Mar Rojo lo es porque el sol del atardecer inflama las montañas jordanas e israelíes, y de resultas, el reflejo sobre el mar es rojo. Las tonalidades de rojo son infinitas, van del naranja al rosa pasando por el carmesí y el morado. Pensaba que iba a encontrarme con un paisaje yermo, aburrido y gris, ¡qué equivocada estaba! Circulé a lo largo de la frontera egipcia con la boca abierta una y otra vez, el sube y baja de las colinas es un espectáculo pintoresco, kilómetros y kilómetros de serpenteante verja, zonas de circulación prohibida en la tierra que vio el éxodo. Admiré las palmeras llamadas Doum, se encuentran en los oasis del desierto más al sur, pero son las últimas yendo hacia el norte. Los nombres son tan evocadores como el Cañón Rojo, los Pilares de Ashram o las Arenas de Samar.

Esta serie de fotos refleja mis horas de soledad en el desierto, mi forma de observar la belleza que se despliega ante los ojos que quieren ver.

Compra copias de edición limitada aquí.